miércoles, 11 de abril de 2012

Viernes Santo, pasión y tradiciones

La esencia de las tradiciones palestinenses


Sincretismo que reúne el pasado con el presente.
Creencias agotadas que se rehúsan a dejar de ser el fundamento de un pueblito cuyos hijos, vuelven de cuando en cuando.

El abandono paulatino del viejo costumbrismo, sin embargo, no deja de ser tema en el que todos convergen: “Hace falta recobrar las tradiciones con todo su esplendor”.

El esfuerzo de unos cuantos, no es vano. Convoca a multitudes.

Pero no llenan el vacío. Es Viernes Santo y a lo largo del camino de Xela a Palestina de los Altos, parece un día común y corriente.

Hombres y mujeres jateando leña o rellenando costales de verduras.

El mismo cuadro en la aldea Buena Vista. La plaza de Palestina, preñada de gente.

Un aparato reproductorde música, hace sonar “La Reseña”, marcha fúnebre semanasantera.

Cerca, a menos de 50 metros —en la esquina del moderno y nuevo mercado no terminado aún—, el viacrucis.La Dolorosa y el Señor de las Tres Caídas, son llevados en andas.

Ella, la Virgen, por muchachas que no rebasan los 18 años; Él, por hombres adultos que gesticulan bajo el peso de la majestuosa escultura.

Las siete paradas se han cumplido y el Cristo es llevado al interior de la Iglesia para consumar el acto de la crucifixión. Poca gente dentro de la enorme nave sacramental.

No obstante, el fervor de ese puñado de creyentes, lo invade todo. Recrea cada paso hacia el pasado pero más, hacia una tradición rica en religiosidad.

Los ritos son puntuales; conmemoran el sacrificio del hijo de Dios hecho hombre, según la creencia.

Los Centuriones, impecablemente vestidos de blanco, realizan con total sincronía las cortesías de rigor. Es una especie de liturgia, propia de Palestina.

Plátanos, guapinoles, palmeras simples, piñas, cushines, ramitas de corozo, adornan los brazos de la cruz donde yace el cuerpo mutilado de Cristo.

El penetrante olor a corozo, recuerda, por cierto, que estamos en Semana Santa…

Es Viernes Santo y la escenificación callejera de la Pasión de Cristo, no tarda en empezar.

Patojos disfrazados de “judíos”, recorren las calles; otros montan caballos.

—A la güirizada, le gusta vestirse de judíos —dice don Fego Morales, entre contenidas risas.

Cierto. Pero también comenta que poco a poco, las tradiciones de Semana Santa, se están perdiendo.

De la nada, Jesús aparece en medio de la soldadesca romana, que le apalea, empuja y arrastra sobre el duro pavimento de la plaza central. Jesús, se ve maltratado.

Agotado.
Malco hace de las suyas; no pasa un minuto sin que descargue su ira contra aquel.

Viejos amigos de la infancia, se reencuentran en medio del calvario, las risotadas de los judíos y las interpelaciones de Poncio Pilatos.

El gentío abarrota la plaza; Jesús cae de bruces por enésima ocasión y es de nuevo, arrastrado por los soldados romanos. A algunos conmueve; a otros no los inmuta.

—¡Esos hijos de l
a gran puta le están pegando de verdad al Tono, vos! —se oye entre los asistentes. Jes parece escucharlos, levanta la cabeza, les ve y ríe débilmente.

Como todos los años, Pilatos envía al prisionero al palacio de Herodes, donde también se le juzga; con él, Anás y Caifás, dictan el veredicto: la muerte por crucifixión, sentencia que es posteriormente avalada por Poncio, tras lavarse las manos.

Y soltar al temible Barrabás (o “Garrabás”, como le dicen en Palestina).

La vieja máscara de dientes desproporcionados, el sombrero ancho de paja, la camisa blanca, el pantalón de lona, las botas de cuero, la faja roja a la cintura, la prominente barriga rellenada con almohadas, el chicote de cuero y el tanate con quién sabe qué cosas dentro, lo hacen inconfundible. La corredera es loca. Barrabás se lanza contra todo y contra todos. Reparte chicotazos, empellones y palabrotas.

Poco tiempo después, aparecen Dimas y Gestas, rabiosos.

Dos muchachos flacos interpretan a los ladrones que habrán de compartir el sufrimiento con Jesús. Flacos pero con suficiente fuerza para arrastrar a los romanos y judíos que los flanquean.

Caen al suelo; se revuelcan, gritan, vuelven locos a sus captores y a la concurrencia que escapa para no ser arrollados.

El cielo se torna gris…

Luego, negro.

Parece que va a llover.

A los lejos, uno que otro trueno anuncia cascadas de agua.

Obliga a apresurar el paso hacia la antigua feria de muletos, sitio escogido para crucificar a los tres hombres.

Consumado está; Cristo ha muerto y es bajado de la cruz.

Latente sigue la amenaza de lluvia y todos corren a buscar refugio. Multitudes abandonan el Gólgota improvisado.
De nuevo, cortesías de los Cen
turiones frente a lo que antes fue la alcaldía municipal.







El yacente cuerpo de Cristo
, es llevado en andas hasta el cementerio, recorrido que ésta vez es azotado por una leve lluvia que ya entrada la noche, cede y deja un cielo límpido que permanece hasta la madrugada.














El reencuentro con muchos paisanos, es agradable, cordial.













Con algunos nos reconocemos al instante; con otros, debemos sincerarnos para saber quiénes somos.













La esencia está a
hí, entre la gente del pueblo que, aunque poca, no deja morir las tradiciones, las costumbres, los ritos.

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lunes, 14 de noviembre de 2011

Versos sin palabras

Duele más la ausencia de los vivos que la de los muertos

Eso parecimos oír:
Cadenas arrastradas que suponían la tortura de las piedras ancestrales que poblaron la senda de los ancianos, nuestros ancianos, que nos enseñaron a pisarlas con respeto a su milenaria condición de monumentos a la historia de pueblo.
—¡Es Juan No! —murmuraba cualquiera.
—No —replicaba el más sabio de la casa—, es la “Carreta del hombre sin cabeza”.
¡Horror!
Silentes, las calles solitarias soportaban estoicas los embates de nuestras fantasías.
Cadenas de papel morado, blanco, negro, rojo, rosado…
Construidas con nostalgia.
Vestidas de amores eternamente idos.
Coronas de hoja de ciprés.
Flores diminutas blancas.
Noche de víspera.
Muertos presentes.
En la memoria; en el recuerdo doloroso.
Rubidia se fue muy joven…
María Noriega, también… Omar, Nelson, Mario, Romeo, Dagoberto, Cuquita, Amilcar…
Últimamente, Guayo, Ma
rio, Paco, Rafa… Rodrigo.
Jóvenes.
Muchos de ellos saltan divertidos y escapan de la memoria.
Les gusta corretear.

Como las ovejas de nuestros campos, nuestras hoyadas, nuestros montes.
Tía Nay
a, don Lon, doña Maruquita, doña Panchita, Chanita, El Gato Wiliam, El Burrito, doña Nila, don Jorge, Doña Esther, don Fidel, don Tin…
Decenas más qu
e, como los otros, gustan de jugar a las escondidas en la memoria debilitada por la necesidad de recordar.
Muertos en cuerpo, vivos en espíritu.Más vi
vos en la memoria.
Cruces adornadas.
Lágrimas que abundan en ríos de infame pedido de regreso.
Zarabanda lejana que alegra almas perdidas.
Barriletes que avientan
espíritus entra la milpa seca.
Milpa que llora anticipadam
ente, la mutilación necesaria.
Miguel Ángel Asturias describ
iría su llanto: Ssssshhhhhhh… track, track, track, sssshhhhhh, poc, poc, poc…
Mecidas por el viento, las secas hojas de milpa lloran con nosotros a los muertos amados.
Amores lejanos, perdidos en años de tortuosa ausencia;
deberían regresar.
Días de gloria.
De volver a los muertos.

Caminos apartados para nosotros que les seguimos.
Procesiones de ánimas que salen de sus panteones.
Comen atol de elote.

Arroz en leche.
Mucún en dulce.

Fiambre.
Ayote cocido con cal y leña seca.
Cusha y cerveza llorona que esconde su soledad en la espuma.
Velas en alumbran el camino de regr
eso.
Y el de retorno al más allá.
El “más allá”, desde donde cuidan a los suyos.
Caminos de pino, sembrados a modo de ruta imperdible.
Es Día de muertos.
Los muertos más vivos.
Los que van a negar siempre s
u partida…
Navegan siempre en la misma dirección: nosotros.
Calles preñadas de soled
ad.
Última morada a pr
eparada cualquiera.
Papel morado...
Rosado. Blanc
o y negro contundente.
Cadenas hechas a mano, al c
uidado de los fantasmas que doña Olga, la eternamente fiel esposa de don Urbano, recreaban con su florido lenguaje.
—“¡Güiros, al rato va a pasar el “Juan
No” —nos decía mientras, entre los primeros mocos de la temporada, pegábamos tiras de papeles de china, horas antes de llevarlos al cementerio—.
Al acercarse la media noc
he, todos apagábamos las orejas a cualquier otro ruido que no fuera, el de las cadenas —¡vaya imaginación aquella!— que se arrastraban sobre el viejo empedrado, ése que arrancaba suspiros a la antigua carnicería de don Rogelio Monterroso.
¡Y sí! Oíamos con tal claridad el arrastre.
El silencio era absoluto… Terminante.
¡No era “Juan No”…! Ni era
nadie.
Era nuestra superstición que nos hacía ver, hasta al diablo mismo.
Hoy, a la larga es como un verso sin palabras.
Hoy, la ausencia de l
os vivos es más dolorosa que la de los muertos.
Callejuelas de cementerio abandonadas; solitarias.
Poca gente se ve entre la
s tumbas.
Casi nadie.

Ni barriletes ni zarabandas.
El silencio es arbitrario
.
Nada como antes.
Todo ahora es lo que
nunca hubiésemos querido que fuera.

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lunes, 29 de agosto de 2011

Palestina de los Altos en imágenes

Calles que se niegan a dejarnos solos

Para su disfrute, les dejo algunas fotos de Palestina, captadas en julio pasado, durante una fugaz visita a Guatemala por cuestiones gremiales y profesionales.


Reconstrucción del mercado viejo.


Casi irreconocible, nuestro pueblito.


En primer plano, el zaguán de don Beto Maldonado; al fondo, la casa de don Lisho y doña Elvia. ¿Se acuerdan de la Iglesia Presbiteriana que estaba en la esquina? ¡Ya no existe!


Imagen del Sagrado Corazón, durante la etapa de Rosarios. Por cierto, un grupo de amigos oriundos de Palestina de los Altos y residentes en USA, planean recaudar fondos para remodelar y embellecer la fachada de la Iglesia Católica. En breve les estaremos informando a detalle de cómo podrán cooperar para tan noble causa. Tengo entendido que se están estableciendo los contactos necesarios para invitar a otros palestinenses en otras partes de Guatemala y desde luego, del mundo. Les rogamos estar pendientes.


El antiguo campo de fútbol. ¡Qué recuerdos de la patada!


Tomada desde la moderna avenida rumbo a "El Socorro".


Casa de doña Miguelina. Donde creció el Güinche...


El ya casi seco río que bajaba desde "Los veinte palos", atravesaba "El Socorro" y se unía a otros justo donde estaba la vieja cárcel de madera.


Las milpas en julio... Los primeros tamalitos para acompañar
el jocom.


Desde lo que habrá de ser nuestra última casa y que ahora, nos lanza a la nostalgia.


La antigua calle hacia el cementerio.


Casa de Doña Nala.

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jueves, 16 de junio de 2011

miércoles, 15 de junio de 2011

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